Los Americanos de Robert Frank

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Casi a modo de road movieLos Americanos se gestó durante 1955 y 1956. Robert Frank recorrió las carreteras de 48 estados tomando fotografías, gracias a la beca que la John Simon Guggenheim Foundation le concedió. Este proyecto se configura a raíz de la entrada en la beat generation tras entablar relación con personalidades como Bill Brandt, Walter Evans o el poeta Allen Ginsberg.

Un desfile en Nueva Jersey, un funeral en Carolina del Sur, escaparates de Washington, un cóctel en Nueva York, carreteras de Idaho, un picnic en California, Arizona, Tennessee, Utah. Cualquier momento que transcurriera a lo largo y ancho de los estados que Robert Frank visitó podía ser objeto de ser fotografiado.

En Los Americanos, personajes anónimos, capturados con naturalidad y productos todos ellos de la innata curiosidad del fotógrafo se intercalan con imágenes urbanas o rurales, desoladas tierras aisladas inmersas en el silencio en las que el fotógrafo a veces consigue una composición geométrica gracias al juego de luz o al enfoque de los objetos. Como diría Jack Kerouac “un triste poema de América plasmado en fotografía”.

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Cuando, en 1959, Robert Frank publicó en USA su libro The Americans, los críticos norteamericanos reaccionaron airosamente en contra de ambos; libro y autor. La actitud irreverente de Frank, plasmada en imágenes vistas como mal encuadradas, mal iluminadas y confusas iba totalmente en contra de la estética dominante en la fotografía hasta ese momento.

El trabajo de Frank no reunía los requisitos estéticos para ser considerado dentro de la fotografía de expresión personal, pero, tampoco dentro de la fotografía documental, pues su falta de preciosismo y su intencional irrespeto a las normas que una buena fotografía debía cumplir, lo alejaba por completo de la lograda obra de sus antecesores (como Ansel Adams y Eugene Smith, por citar solo dos ejemplos norteamericanos).

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Lo que frenaba la comprensión de aquellos críticos era que, con The Americans, Robert Frankinauguró un nuevo estilo de fotografía documental: la fotografía documental subjetiva, la cual desbordaba los parámetros de análisis y valoración de la imagen fotográfica existentes hasta ese momento. El proyecto fue realizado bajo el patrocinio de la prestigiosa beca Guggenheim, por primera vez otorgada a un no americano. En la aplicación Frank explicaba: se trata de realizar “un proyecto visual de tal contundencia que anule cualquier explicación”; un auténtico documento contemporáneo.

Durante dos años, 1956 a 1958, Frank, armado con una Leica 35 mm, se dedicó a viajar alrededor del país. Su interés no era la majestuosidad del paisaje que ya habían captado fotógrafos como Ansel Adams y Edward Weston, sino la vida cotidiana de los Estados Unidos: los cafetines, los bares a la orilla de la carretera, los autobuses, los ascensores; esos sitios desprovistos de épica y epopeya donde consumimos la mayor parte de nuestra vida. El producto fue un libro publicado por primera vez en Francia, en 1958, bajo el título Les Americains. Una sola pieza, armada con 83 fotografías, donde cada imagen tiene relación con las otras y forma parte de un discurso basado en la intuición sensible de la realidad.

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Con sensibilidad y una acuciosa capacidad descriptiva, Frank replantea la relación entre la forma que compone la fotografía y el contenido que se expresa, haciendo que la forma se subjetivice y adquiera vida propia en una nueva manera de expresión. Cada fotografía es tremendamente narrativa, pero sus historias no son lineales, ni predecibles; son espejos que reflejan montones de situaciones parecidas, anónimas, íntimas; ventanas de las múltiples realidades existentes y no de una única y autoritariamente impuesta realidad.

La variedad de estilos y formas presentes en el libro fue algo innovador para la época. Frank se deshizo de todas las recomendaciones formales y exigencias académicas de la fotografía del momento. Hay fotografías desenfocadas, pero las hay también enfocadas; algunas son casuales, pero otras parecen exquisitamente arregladas; unas tienen composiciones rigurosas, en otras reina la de-composición; las hay densas, llenas; o de espacios totalmente abiertos e inmensos vacíos; picados y contrapicados y también la más rigurosa frontalidad. El libro se torna impredecible; uno no puede adivinar qué vendrá después de cada foto.

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En pleno auge del american way of life, Robert Frank produjo un documento antioficial capaz de transmitir la cara oculta de los Estados Unidos, la realidad más banal, más cotidiana y más humana de la gente corriente; esa gente al mismo tiempo ajena y envuelta por el boom económico, los artefactos electrodomésticos y la televisión edulcorada; inmersa en el gran y artificioso show que medios y gobierno imponían como realidad sobre toda la nación. La obra está enmarcada cronológicamente en los años ‘50, pero tiene el espíritu transgresor de los años ‘60; cuestiona los valores del progreso norteamericano y muestra la heterogeneidad de un país que insistía en presentarse como una gran masa homogénea.

The Americans revela las profundas tensiones existentes entre los estratos de la sociedad americana: los negros montados en la parte trasera de los autobuses – recordemos que no fue sino hasta los años ‘60 que los negros consiguieron un trato más igualitario en la sociedad americana, como el derecho a ingresar a las universidades o a sentarse junto a los blancos, por ejemplo; el latino reproduciendo su cultura en un bar olvidado en la carretera, los travestis al borde de la calle en una ciudad que se negaba a verlos.

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Todo el trabajo tiene un dejo de tristeza, de melancolía, de soledad, de amargura; emociones que hasta ahora no habían encontrado cabida en el retrato de un país. Sin embargo, puede verse también como un gran poema. No un poema épico, sino la profunda y especial poesía del alma solitaria y no observada. Esa es la clave de The Americans: la gente que aparece allí retratada no está siendo observada, por lo tanto, no actúa, no se maquilla, no se peina, no sonríe.

Robert Frank logra introducirse como fotógrafo invisible en la intimidad de cada ser humano y retratarlo tal cual es, en la grandiosa magnitud de su simple existencia. Como él mismo decía:“mirar hacia afuera tratando de mirar hacia dentro”. Su manera de ver la realidad a través de la fotografía, sin pose, alejándose de lo que se consideraba como artístico en ese momento – la composición rigurosa, el sistema de zonas, el uso de grandes formatos – le hizo convertirse en pilar de la gran subjetivización de la fotografía que se desataría a partir de los años ‘60.

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En la aplicación a la beca Guggenheim, Frank intentaba definir su proyecto fotográfico apelando a la definición de poesía de su amigo Jack Kerouac, poeta beat: “la disciplina de nombrar las cosas directamente, puramente, concretamente, sin abstracciones, ni explicaciones…”

Con esto sintetizaba su pensamiento y las corrientes que lo animaban: la llamada generación beat, poetas fuera de la formalidad, semillero de la futura ideología hippie, depositarios hastiados de siglos de reglas y compromisos; transgresores, rebeldes. De ellos toma Frank ese tiempo lento, ese dejar que las cosas ocurran sin intervenirlas, sin violentarlas; esa melancolía, ese dejo, ese desdén por las metas establecidas de antemano. Precisamente, es Kerouac quien realiza el prólogo de la primera edición americana de la obra, en 1959.

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Con respecto a otros fotógrafos, es necesario trazar la ruta hasta Weegee, ese gran reportero de los años ‘30, pionero en fotografiar sin tapujos las inconsistencias de la sociedad norteamericana, con un estilo duro e irónico. Otras influencias, como la de Bill Brandt con su trabajo de las calles de Londres (1938), y los retratos en las calles de New York hechos por Walker Evans ese mismo año, son reinterpretadas por Frank con su muy personal estilo. Con The Americans, Robert Frank abre la puerta a la fotografía contemporánea: el reino de lo subjetivo; la forma subordinada a la expresión íntima del fotógrafo.

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