Biografía, Sergio Larrain

La vida de Sergio Larrain Echeñique (Santiago, 1931) da para escribir un libro o hacer una película. Nació al alero de una poderosa familia de Santiago; hijo de arquitecto, partió a los 18 años a estudiar a Estados Unidos ingeniería forestal. Se sabe que nunca le gustó la carrera. Se compró una Leica IIIC y comenzó a dar sus primeros pasos en el mundo de la fotografía.

Junto a su familia recorrió por 8 meses parte de Europa y Oriente Medio. En Italia se maravilló con las fotos de Giuseppe Cavalli. Tras regresar a Chile se instaló en Valparaíso con un pequeño laboratorio casero que le permitía revelar sus fotos. Su primer trabajo importante no demoró en llegar recibiendo encargos para la revista de Brasil “O Cruzeiro”

Corría la década del 50 y Larraín se traslada a vivir a La Reina, un acomodado –y alejado- sector de Santiago. El 53 presenta su primera exposición y gustaron tanto sus imágenes que dos fundaciones le encargan que retratara la situación de los niños que vivían en la calle. En 1956 envío algunas de esas fotos al Museo de Arte Moderno de Nueva York y de vuelta recibió un cheque firmado por el mismísimo Edward Steichen, Director en ese entonces del Museo.

Su vida como fotógrafo fue intensa. Becado por el British Council viajó a Londres, en ese lugar realiza uno de sus mejores trabajos fotográficos. Esto último no es una exageración y prueba de ello es que el maestro francés Henri Cartier Bresson lo invita a participar de la aclamada agencia Magnum Photos.

Larraín trabajó con el premio nobel de literatura: Pablo Neruda a quien le tomó unas fotos de su casa. También fue el único fotógrafo autorizado para retratar la boda del Sha de Persia con Farah Diva; estas imágenes aparecieron en un extenso reportaje en la revista Paris Match.

Su trabajo le dio gran reputación y las fotos que captó cuando vivió en Valparaíso adquirieron gran notoriedad en Europa. De hecho una imagen de una niña bajando los cerros de Valparaíso (Petit filles) fue definida por el mismo como “la primera fotografía mágica nunca antes presentada”. En la isla de Sicilia logró captar a unos de los capos de la Mafia durmiendo una siesta. Para ello se tuvo que hacer amigo y tras tomar la foto, Magnum Photos lo tuvo que sacar rápidamente del lugar. Las razones eran obvias.

Sergio Larraín falleció el 7 de febrero de 2012.

Técnica fotográfica

Larraín está lejos de ser de esos fotógrafos que tiran cientos de fotos buscando la que mejor salga. Su filosofía se resume en “un tiro, una foto”. Tal vez por ello en cada una de ellas se pueda apreciar un especial cuidado de la luz, geometría, volumen y los detalles. De lo poco que se sabe, se dice que se amarraba la cámara a la mano y que estaba convencido que su equipo era un extensión de su cuerpo.

Su máxima sobre la fotografía, según sus palabras:

“Sólo se consiguen buenas fotos cuando uno hace lo que de verdad le interesa, o sea, escoger uno mismo sus temas. Dibujar con lápiz y un bloc es la mejor manera de entrar en un tema, trabajar sin tiempo, durante meses, años, hasta sentir que uno lo ha logrado. Es lo que da fotos que se sostienen. En general los trabajos de encargo no dan fotos buenas realmente; es como la poesía, uno debe hacer su gusto, nada más…”.

Muere Larraín, nace el místico

Tal vez te extrañe el entretítulo. Larraín no está muerto, pero fotográficamente es como si lo estuviera. A principios de los 90 se desconectó del mundo. Vivió en un poblado cerca de Ovalle (Cuarta región de Chile). Ahí se le pudo ver caminar tranquilo. Han sido cientos los fotógrafos que le han ido a ver, esperanzados con obtener inspiración del maestro. Todos han fracasado.

Larraín estuvo preocupado del medio ambiente, de salvar al mundo de la contaminación. Los únicos consejos que entrega son invitando a la gente a escribir poesía. Se ha dado el lujo de negarse a atender a corresponsales del The New York Times y El País.

Nadie supo qué pasaba por la cabeza de Larraín. De hecho el cuento “Las Babas del Diablo” de Julio Cortazar está inspirado en él. Ambos fueron muy amigos. Larraín fue un mito viviente. En Chile a veces lo daban por muerto, otros comentaban que se fue a vivir en las montañas. Pero la verdad es que don Sergio estuvo enclaustrado en su casa, escribiendo libros de poemas que autoedita y con la cámara de fotos colgada para siempre.

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