El capo de la mafia burlado por (Sergio Larrain, 1959)

Sergio Larrain 83

Año 1959. Sergio Larraín lleva un mes solo en una pieza de hotel en Roma, Italia. Está de paso, leyendo como loco todos los recortes de prensa que hablan acerca de la mafia siciliana. Sus jefes de la agencia francesa Mágnum le han encargado algo imposible: un fotorreportaje del capo, el Don, el temido Giuseppe Russo.

Luego de informarse sobre las bandas de crimen organizado, Sergio viaja a Sicilia con un pase de prensa francés. En su bolso de mano lleva dos cámaras Leica III C de 35 milímetros. Tiene miedo. El personaje que busca es un asesino. Russo carga con 9 acusaciones en los tribunales por robo con violencia, homicidio triple y extorsión.

Durante tres meses Larraín recorre los poblados de Sicilia sin resultado. Nadie se atreve a decirle donde está el capo. Pasa por la Isla Ústica, por Villalba, por Palermo. Y mientras desespera, su cámara registra todo: un funeral donde la viuda cubre su rostro con un manto negro, un grupo de niñas jugando a la ronda, dos pescadores arreglando una red. Cada toma es una pequeña obra de arte. Pero no es suficiente.

Un día, cuando cree todo perdido, alguien le cuenta que Russo vive en un poblado llamado Caltanissetta. Anota la dirección y consigue hospedaje frente a la casa del capo. Está obsesionado con tener esa foto. Compra un teleobjetivo para disparar desde su ventana, como si fuera un papparazi. Logra varias tomas, pero ninguna lo convence. Ese no es su estilo. Necesita mirarlo de cerca, meterse en su mundo.

Larraín se hace amigo de un abogado, ex compañero de curso de Russo. Se presenta como un turista chileno interesado en las ruinas romanas. Tiene suerte: el abogado le cree y le presenta al capo. Russo resulta ser un hombre desagradable y de pocas palabras. Nadie sabe cómo lo logra, pero Larraín le cae tan bien al mafioso que este incluso lo invita a comer pasta con su familia.

El foto-reportero pasa 15 días visitándolo. Pero en todo ese tiempo nunca desenfunda su cámara. Necesita volverse invisible como una silla; debe desparecer para que Russo emerja sin inhibiciones. Así lo ha hecho en su trabajo sobre los niños pobres del Mapocho, que le abrió las puertas de Mágnum. Así lo hará luego en su memorable trabajo sobre Valparaíso. Sin prisa, Larraín se desliza suavemente en esa feroz vida.

Finalmente una tarde, después de almuerzo, saca su Leica y comienza a retratar los objetos de la casa. Russo no dice nada, tampoco sus guardaespaldas. El capo se levanta para ir a dormir una siesta. Sergio espera el momento justo y lo sigue hasta la pieza. Lo encuentra tumbado en un diván, con los ojos cerrados, las manos sobre la cabeza; solo y sin frazada alguna. En el muro de la habitación, cuelga un cuadro ovalado con una estampa del Sagrado Corazón de Jesús.

Larraín comienza a disparar. Los guardaespaldas lo increpan: -¡Oiga!, ¿por qué usted toma tantas fotos?- le dice uno de ellos.

-Porque después hay que seleccionar la mejor- contesta Larraín.

La respuesta, curiosamente, satisface a los sicarios.

Juan José, hijo de Sergio Larraín, oyó decenas de veces esta historia. Dice que en ese momento, su padre ya tenía un boleto de tren para salir de Caltanissetta de inmediato. En las oficinas de Mágnum no lo pueden creer. Larraín trae 6 mil fotos de Sicilia y de ellas, 72 son del capo de la mafia. Las revistas Life, Paris Match y otras 19 publicaciones compran su serie en miles de dólares. Es su primer trabajo para “Mágnum” y ha dado una lección de estilo y persistencia.

Por esos días, Larraín le escribe a su amiga la pintora Carmen Silva, cuatro carillas cargadas de emociones.

“Estoy nervioso porque me han publicado un reportaje en Match, porque he estado en el Vía Veneto donde está todo el mundo brillante de Roma y los fotógrafos me han recibido bien, muy amistosamente (la aristocracia de la Mágnum) y he estado con las divas y vedettes… tirito y miro las fotos del Paris Match, (que son sanas y fuertes sin ser bellas, bastante primarias) y esas fotos que casi no me doy cuenta en el momento en que las he tomado, se me hacen importantes y las distingo de las de los otros… toda esa emoción… el Yo.”

Par de fotos en Sicilia

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