Biografía, Robert Doisneau

Las imágenes de Robert Doisneau se resumen en París, en la libertad, en el ciudadano que trabaja, pasea y observa la vida; también, en la inquietante certeza de unos instantes detenidos en el tiempo que hoy, pese a ser tan cercanos, son casi arqueología, polvo de un pasado que nos explica quiénes somos pero que también nos anuncia nuestro propio destino.

Robert Doisneau

Robert Doisneau nació en 1912, en Gentilly. Tras la muerte de su madre, el pequeño Doisneau enfrenta la incomprensión de una madrastra que no lo aprecia, obligándolo a recluirse en la soledad; un periodo en el que desarrolla su agudo sentido de la observación y el amor por las cosas simples. Años más tarde, en 1925, se traslada a París donde trabaja en un taller de L’Ecole Estienne y aprende el oficio de grabador litográfico. A fines de 1929, consigue un puesto en un estudio de artes gráficas donde adquiere sus primeros conocimientos fotográficos. Durante los años treinta conoce a Andrés Vigneau- fotógrafo- cuya influencia será gravitante para Doisneau en la adquisición de nuevas experiencias y conocimientos artísticos. Al igual que Vigneau, adhiere con fervor a las ideas y teorías de la Bauhaus.

Siendo joven, empezó a fotografiar mientras trabajaba en oficios diversos, cuando estaba ya enamorado de la cámara, de esa Rolleiflex milagrosa que podía fijar una escena para siempre. Un momento importante de sus años de formación fue cuando entró a trabajar en el taller de un artista, André Vigneau, donde Doisneau permanecería hasta su incorporación al ejército para cumplir el servicio militar. Son los años en que Doisneau se interesa por Man Ray y por algunos otros fotógrafos. Ray era un norteamericano protagonista de la vanguardia artística que vivía entonces en París, y a quien su interés dadaísta le había hecho experimentar con los negativos, inventar el rayógrafo (con tan poca fortuna, que ni ha penetrado en la lengua), además de publicar varios libros con fotografías, pero que decidiría volver a su país tras la ocupación nazi de Francia. Ray parece un reverso de Doisneau, quien no especulaba con la vanguardia y que se quedó en París, aunque llegaran los nazis, porque esa ciudad era su casa y su vida.

Sin embargo, el interés de Doisneau por Ray, que le llevó a fotografiar objetos, no se plasmó en sus inclinaciones posteriores. Cuando Doisneau volvió del servicio militar, pudo trabajar como fotógrafo publicitario en la Renault, en Boulogne-Billancourt, en esos mismos suburbios de París, empleo que no le satisfacía pero que le permitió documentar rasgos de la vida obrera y del trabajo industrial. En 1939 es despedido de la Renault por sus constantes retrasos en la entrada al trabajo: no le interesaba demasiado el mundo de las máquinas, ni las industrias, prefería la gente y sus pequeños gestos, los galanteos de un hortera o las miradas furtivas de una joven, el paso de un niño o la algarabía de un mercado. En esa forma de mirar la vida, de espiar la existencia, se encuentra la esencia de las imágenes de Doisneau.

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Con la Segunda Guerra Mundial, Doisneau es reclamado por la comandancia en la drôle de guerre, pero la inesperada y rápida derrota del ejército francés hace que vuelva a París, desmovilizado, donde asistirá impotente a la ocupación nazi de la ciudad. Se avecinaban años duros, pero Doisneau no es indiferente, ni procura pasar desapercibido, como hicieron tantos franceses bajo el régimen de Vichy y la ocupación, si no que colabora con la resistencia, falsificando todo tipo de documentos para personas que debían huir a la zona de Vichy o para condenados a la deportación. También, documenta la determinación que se afirma con la Resistencia clandestina. Doisneau ha vuelto a su ciudad de la periferia y allí continúa la vida.

Desde 1937, Doisneau vivía en Montrouge, una pequeña ciudad del departamento de Hauts-de-Seine, que es, de hecho, un barrio limítrofe de París, pegado al viejo Alésia donde vivió Lenin, y donde Doisneau fotografió a Giacometti en 1958. Bajo los nazis, Doisneau sigue trabajando: atrapa muchas imágenes; entre ellas, escenas de los oscuros sótanos donde la Resistencia imprimía pasquines, volantes, periódicos o llamamientos a la lucha contra el fascismo, momentos del duro trabajo de los resistentes que, literalmente, se jugaban la vida por un soplo, una sospecha o una denuncia. Hacia el final de la larga ocupación nazi, Doisneau hizo la impresionante fotografía del saqueo de la sede del Parti Populaire Français del colaboracionista Doriot, todavía con los nazis presentes en París, cuatro días antes de la liberación. En la fotografía, bajo el nombre del partido fascista, se ve una indicación reveladora, “chef: Jacques Doriot”. Doisneau hizo otras, con precaución, como la de la charanga nazi que pasa con su siniestra música parda ante la rue de Castiglione, con los soldados ofreciendo su perfil a la columna de la plaza Vendôme, que se ve al fondo. En 1944, el yugo nazi termina, por fin: como si Doisneau los esperase, los soldados de Leclerc y los republicanos españoles que liberan París pasan por Montrouge y por Alésia, en dirección al centro de la ciudad. En ese agosto de 1944, Doisneau fotografía las jornadas de la liberación, de la alegría, del fin de la pesadilla.

Después de la Segunda Guerra Mundial, Doisneau se incorporó al Partido Comunista Francés y a la CGT, la histórica central sindical. Se había casado muy joven con Pierrette Chamaison, en 1934, y había tenido una hija durante la guerra. En 1947, Cartier-Bresson le sugirió incorporarse a la célebre agencia Magnum, pero Doisneau prefirió continuar en la agencia Rapho. Trabajó con Robert Capa y con Cartier-Bresson, y sus fotografías aparecieron con frecuencia en la prensa comunista; en esos años de posguerra, realiza un ingente trabajo siempre identificado con las posiciones de izquierda. También colabora con publicaciones de moda femenina, como Vogue, aunque no por mucho tiempo. Empieza a convertirse en un fotógrafo de la ciudad de París, que vigila, amoroso, los movimientos de sus habitantes, que husmea, roba momentos irrepetibles, que documentan la ciudad y la vida de Francia.

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Amigo de Robert Giraud, en la posguerra Doisneau recorrió con él los antros parisinos donde se fumaba, se escuchaba jazz, se hablaba del comunismo y de la revolución. Giraud, un periodista que ejercía de librero, había participado también en la resistencia francesa, y había sido detenido por los esbirros de Vichy y condenado a muerte: pudo librarse de la horca o del pelotón de fusilamiento porque sus camaradas de la resistencia lo liberaron. Doisneau mira el vientre de París, observa la dura vida de las prostitutas, los gestos de los enamorados, el esfuerzo de los obreros y menestrales. También fotografió a personas relevantes de la vida social de París, escritores, y busca a Sartre, Camus, Beauvoir, recorre la rive gauche y el movimiento insomne de una ciudad que era el centro del mundo.

En 1951, mientras Nueva York empezaba a quitarle la capitalidad cultural del mundo occidental a París, Doisneau exponía en el MoMA, junto a Brassaï (el húngaro Gyula Halàz), Izis (un fotógrafo lituano que, en realidad, se llamaba Israel Bidermanas), y Willy Ronis, otro fotógrafo parisino, que, como Izis, era de orígenes lituanos y judíos, y que se haría célebre por una fotografía, Desnudo provenzal, donde la vida parecía colarse por una ventana junto a una mujer desnuda. Las fotografías de los tres tienen muchos puntos en común y es sorprendente constatarlo, como lo es recordar que Man Ray era un seudónimo, porque se llamaba Emmanuel Radnitzky y era de orígenes judíos y rusos; igual que Robert Capa, que se llamaba Ernö Andrei Friedman y era un judío húngaro. Es un azar, pero parece como si Doisneau tuviera inclinación por relacionarse con fotógrafos de esas procedencias. Cartier-Bresson, Brassaï, Lartigue, respetan el itinerario artístico y vital de Doisneau.

En esa época, Doisneau estaba ya harto de trabajar para Vogue, e intenta nuevos caminos, pero el interés del público por su trabajo decae, aunque sigue trabajando sin descanso. De hecho, no sería hasta 1979, cuando se publicó una retrospectiva de su obra, en Tres segundos de eternidad, y en 1986, cuando se inauguró la exposición Un certain Robert Doisneau, que de nuevo se pondrían de actualidad sus fotografías. En esos años posteriores a la guerra, Doisneau colabora también con el cine. Es el director de fotografía de René Clair, en Le silence est d’or (El silencio es oro), y de Nicole Védrès, en París 1900, ambas de 1947. Años después, haría la misma función para Truffaut, en Tirez sur le pianiste (Disparad al pianista), de 1960, y, ya anciano, para Tavernier, enUn dimanche à la campagne (Un domingo en el campo), de 1984. Al final de su vida, Doisneau dirigió Les visitants du Square, dos años antes de morir.

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Era cincuentón cuando Doisneau atravesó su etapa más oscura, de menor reconocimiento público; hasta que, al final de su vida, volvió a ver valorada su obra. Cuando contaba ya con ochenta años, una exposición en Oxford le llevó a recordar sus difíciles comienzos, cuando la fotografía que él pretendía hacer era un reducto de jóvenes que eran vistos por los demás con desconfianza, porque pretendían captar la vida popular en lugar de refugiarse en los círculos del diseño elitista y de la publicidad que ya empezaba a devorarlo todo. Siendo un anciano, pudo exponer sus fotografías en China y Japón. Era un hombre discreto, que trabajaba con una Rolleiflex, recorriendo incansablemente las calles de París, robando instantes, fijando en el tiempo escenas que ahora nos parecen imprescindibles para entender la Francia del siglo XX.

Sólo en Francia, los libros dedicados a sus trabajos suman más de 36. Su obra íntima, sincera y humanista le han significado la aclamación mundial, convirtiéndose en uno de los artistas más admirados y apreciados de la historia de la fotografía.

Una de las virtudes de este maestro es su transparencia, la facilidad con que sus imágenes son apreciadas por el más vasto público, un ejemplo es la fotografía titulada El último vals del 14 de julio de 1949, donde vemos a una pareja que baila en medio de la calle, en la noche solitaria, oscura, en un cuadro que parece resumir la alegría de la gente sencilla con la que se sentía identificado Doisneau. Así misma el éxito que consiguió la foto del Beso en el Ayuntamiento de Paris o Beso en el Hotel de Ville que se convirtió en un icono reconocible a escala mundial.

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Fuentes: Taringa y Rebelión

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