Brassaï, por el amor de Paris

Mendigos y aristócratas, canallas y prostitutas, héroes y villanos se entrecruzan en las imágenes en blanco y negro que Brassaï realizó durante los años 20, 30 y 40 en la capital francesa. Hoy se conmemoran los 30 años de su fallecimiento.

Brassaï en su cuarto oscuro

Brassaï en su cuarto oscuro

Nacido en 1899 en Brasov (Transilvania), Gyulus Halasz tenía apenas cuatro años cuando su padre, un profesor de francés, decidió tomarse una temporada sabática y mudarse a París con la familia. Instalados cerca del Jardín de Luxemburgo, cuenta la leyenda que el pequeño quedó fascinado por el bello parque dieciochesco -que retrataría profusamente de mayor-, pero también por el auténtico circo de Búfalo Bill, que pudo ver en la explanada de la Torre Eiffel.

Tal fue su impresión que, dos décadas después, retornó a orillas del Sena para trabajar como corresponsal de diarios alemanes, húngaros y rumanos. Venía de haber ejercido como periodista en Berlín, tras estudiar Escultura y Pintura en Budapest y luchar con la caballería austro-húngara en la Gran Guerra. Para este superviviente de los horrores bélicos metido a gacetillero sin demasiada vocación, el flechazo con París se renovó al instante.

Ese idioma que había aprendido en su adolescencia leyendo a Marcel Proust le sirvió para fajarse en su trabajo de reportero, pagarse una buhardilla en el barrio bohemio de Montparnasse y sintonizar enseguida con Henry Miller, Jacques Prévert, Desnos, Picasso, Dalí, Matisse, Genet, Breton, Giacometti y otros parroquianos de Le Dôme, La Coupole o La Closerie des Lilas.Pero Halasz no se convirtió en Brassaï hasta que, en 1929, decidió hacerse fotógrafo.

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Entre la melancolía y el realismo

En sus correrías de medianoche se había aficionado a retratar las calles y los personajes de su ciudad adoptiva, a la luz de un automóvil, una farola de gas o el luminoso de un café. En pocos años, llegó a convertirse en el cronista gráfico de los más glamourosos eventos de la moribunda Belle Époque, pero también del lado sórdido de esta metrópoli empobrecida tras la contienda y adormecida por el can-can y la absenta.

Brassaï lo plasmó todo a través de su lente; desde el brillo engañoso de los cabarets hasta la mirada opiácea de los pintores y poetas. Con un deje inevitablemente melancólico y realista, pero también con la mirada perspicaz del autor que se fija en los objetos más banales, los pone fuera de contexto y consigue hacer de ellos otra cosa.

Adoptado por la ‘intelligentsia artística de la rive gauche’, Henry Miller firmaría el prólogo de su primer libro gráfico, ‘El ojo de París’ (1933), y Picasso le reclutaría para que pusiera su cámara al servicio de su obra escultórica, hasta entonces desconocida, en un reportaje histórico que se publicó en la revista Minotaure. Por lo visto, ambos tenían gustos parecidos, en el arte como en la vida: la pasión por los shows circenses o de varietés, la obsesión por el cuerpo femenino, la frecuentación del Folies Bergère y otros antros de dudosa reputación.

“Las mujeres y el circo unieron a Brassaï y Picasso”, cuenta Agnès de Gouvion Saint-Cyr, señalando que “lo que más les fascinaba del circo era su gente extraña” y de las mujeres, “esos cuerpos rotundos que tantas veces retrataron los dos en su desnudez”.

A pesar de su leyenda de nocharniego irredento, nuestro fotógrafo le dedicó a París numerosos instantes de contemplación diurna como las estampas del -hoy desaparecido- mercado central de Les Halles, de los grandes bulevares o de los nebulosos muelles del Sena, con sus barqueros, pescadores, paseantes con perro y taciturnos vagabundos.

Brassai 306

Entre rincones decadentes y personajes estrambóticos, Brassaï tampoco olvidó fijarse en los más inesperados detalles del urbanismo haussmaniano [1], descubriendo al espectador las raras siluetas de algunas fachadas o esas inscripciones -antecesoras del grafiti- realizadas con objetos punzantes en los muros o adoquines de las callejas.

Enterrado en el cementerio de Montparnasse, a pocos metros de las tumbas de otros ilustres calaveras enamorados de capital francesa como Gainsbourg o Cortázar, Brassaï es ya más parisino que la Mona Lisa o el jorobado de Notre Dame.


[1] Georges-Eugène, Baron Haussmann fue un funcionario público, diputado y senador francés. Trabajó con el emperador Napoleón III en la ambiciosa renovación de París entre los años de 1852 hasta 1870.

 

Brassai 339 Picasso and Jean Marais posing as painter and model, 1944

Brassai 103

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