Robert Doisneau logró fijar el aliento de la vida

Robert Doisneau

Por Rafael Vargas para Proceso

El 14 de abril se cumplió el centenario del nacimiento del francés Robert Doisneau, [y este 1 de abril se cumplieron 30 años de su muerte] uno de los fotógrafos más populares y queridos en su patria, y también de los más conocidos y admirados en el mundo. Algunas de sus imágenes memorables, como la célebre del beso, se reproducen al igual que la historia de su factura, fascinantes como la aventura misma de este historiador de la vida cotidiana.

I

Es tan vasta y tan variada la obra realizada por Robert Doisneau a lo largo de 64 años de actividad profesional, que bien cabe suponer que toda persona que en las últimas seis décadas ha sentido algún interés por el arte fotográfico habrá visto por lo menos una o dos imágenes captadas por su cámara, incluso sin saberlo.

Hay una en particular que pertenece al imaginario colectivo de la misma manera que la portada del disco más célebre de los Beatles: el Sargento Pimienta. Es la famosísima escena “El beso del Hotel de Ville”, captada el 9 de abril de 1950 desde la terraza del desaparecido café Villars, en la rue de Rivoli.

La imagen muestra a dos jóvenes en medio de un conjunto de autos y transeúntes que marchan a toda prisa. Ellos, con los ojos cerrados, parecen detener la Tierra y trasladarse a otro espacio y otro tiempo mediante un beso que, para el mundo de la posguerra, y específicamente, para la convaleciente y empobrecida Francia de la época, representaba un signo de esperanza y confianza en el futuro. La fotografía que hizo soñar a millones con la magia del amor tenía también un alto simbolismo político: anunciaba la reconstrucción y la reconciliación.

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Durante mucho tiempo se pensó que Doisneau había tenido un golpe de suerte y de genio al fijar esa estampa de la primavera parisina que habría de publicarse en la edición de la revista Life del 12 de junio de 1950, en el marco de un reportaje (con siete fotografías más) sobre el desenfado con que los parisinos se besaban a cualquier hora y en cualquier parte. Pero en 1983 Doisneau fue demandado por Jean-Louis y Denise Lavergne, quienes aseguraban ser la pareja en la fotografía, y exigían una reparación económica por haber sido fotografiados sin su consentimiento. Doisneau confesó entonces que la fotografía había sido escenificada, pero no con los demandantes, sino con dos estudiantes de teatro, Françoise Bornet y su novio, Jacques Carteaud, a quienes había contactado días antes. Doisneau los fotografíó varias veces en diversos escenarios hasta que “sintió” que había dado con la toma correcta.

La confesión dio lugar a una encendida polémica acerca del valor documental de la fotografía –o debería decirse: forma parte de esa interminable polémica–. Al final, la corte decidió a favor del fotógrafo.

(En una entrevista hecha en 1992, Doisneau le dijo al reportero: “Jamás me habría atrevido a fotografiar a nadie en una situación así. Enamorados que se besan en la calle: esas parejas rara vez son legítimas.”)

La imagen realizada por Doisneau multiplicó su fama a raíz de la impresión de un cartel, en 1986, que en menos de seis años vendió medio millón de ejemplares. Algo absolutamente inusitado en cualquier parte del mundo. De entonces a la fecha ha sido también el anverso de millones de tarjetas postales.

En 1993, quien demandó a Doisneau fue Françoise Bornet. Exigía un porcentaje de las ganancias por el impreso. Pero su demanda no prosperó. La corte decidió que había pasado demasiado tiempo entre la toma de la fotografía y la reclamación. Además, Jacques Carteaud, que se separó de Bornet pocos meses después de haber sido fotografiados, declaró que habían recibido un pago de 500 francos por posar, remuneración que ambos consideraron justa en aquel momento.

Finalmente, Françoise Bornet consiguió sacar provecho de esa fotografía en abril del 2005, a través de una subasta realizada por la famosa galería Artcurial. Bornet, de 75 años de edad, entregó la impresión autografiada que Doisneau le había enviado pocos días después de la toma –una de 15 copias hechas directamente del negativo– y calculó ganar entre 15 y 20 mil euros. Pero, para su sorpresa (y la de la propia galería), la puja llegó hasta los 185 mil euros.

Bornet dijo a la prensa poco después que con esa suma ella y su marido establecerían una compañía productora de cine.

II

Sin embargo, la singularidad de ese beso (casi tan famoso como la hermosa escultura homónima de Auguste Rodin) a veces parece robarle atención al resto de la obra de Doisneau, considerado hoy, con toda razón, como el principal cronista gráfico –o fotohistoriador, tal suele decirse en Europa en nuestros días– no sólo de París y sus alrededores, sino de toda Francia.

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Fuera del público más enterado, pocos saben que Doisneau fue un fotógrafo extraordinariamente versátil –incluso lo fue de modas– y que, a su muerte, el 1 de abril de 1994, dejó un legado de 450 mil negativos, distribuidos en 39 apartados temáticos, que dan cuenta de la vida cotidiana de los franceses en casi todos sus aspectos. Y que fue asimismo un excelente escritor: no sólo redactó los inteligentes prefacios de algunos de sus propios libros (más de 20 publicados en vida) sino también un precioso álbum de recuerdos y semblanzas llamado A l’imparfait de l’objectif (un juego de palabras que quizá quepa traducir como ‘En el copretérito de la lente’). Su obra es, en conjunto, tan apasionante como su biografía.

Doisneau nació el 14 de abril de 1912, en una de la pequeñas poblaciones periféricas de París: Gentilly, una comuna industrial dedicada en esa época al blanqueado y curtido de pieles, habitada por trabajadores muy modestos.

Su padre, dedicado a la reparación de tejados, lo envía a l’école d’Estienne, una escuela técnica de artes gráficas de gran reputación en París, donde se da cuenta del valor excepcional de la fotografía. En 1929, a los 17 años, se gradúa como grabador y litógrafo. Sus conocimientos sobre el arte de la litografía serán determinantes en la minuciosidad con que su ojo aprecia y recoge profundidades y texturas.

En 1932 adquiere su primera cámara y realiza un reportaje sobre un mercado de pulgas en Saint Ouen. Dos años más tarde comienza a trabajar para la compañía automotriz Renault, de la que será despedido en 1939 por sus constantes retardos. (En mayo de 2005 la propia compañía reconocerá, a través de una magna exposición –Le Renault de Doisneau– que las imágenes del fotógrafo prestigian a la empresa y perpetúan su antigua planta de Billancourt.)

La Segunda Guerra Mundial, en la que afortunadamente sólo participa seis meses debido a una enfermedad pulmonar, lo obliga a vender tarjetas postales hechas por él mismo para sobrevivir. Forma parte de la resistencia contra los nazis, y ayuda a producir documentación falsa que permite salvar cientos de vidas.

En 1945 empieza a desplegar una intensa actividad como reportero gráfico y entabla relaciones perdurables con grandes poetas y narradores, como Blaise Cendrars, Jacques Prévert, Paul Léautaud y Robert Giraud. En los siguientes 45 años se multiplicarán sus colaboraciones con escritores –en 1956 realiza, con Elsa Triolet, la mujer de Louis Aragon, Pour qui Paris Soit (Para que París exista), una de las principales crónicas gráficas del París de los años cincuenta, y uno de los libros en que mejor se aprecia el conocimiento profundo que tiene de los barrios de la capital gala y de sus habitantes.

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Pero el escritor con el que traba una amistad decisiva y definitiva es Blaise Cendrars, uno de los más grandes poetas de lengua francesa del siglo XX.

Con él realiza su primer libro, su primer testimonio gráfico: La banlieue de Paris (1949) –quizá la manera más acertada de traducirlo sea ‘Las urbanizaciones que rodean París’–, considerado por muchos como el mejor: una colección de imágenes sin falso humor ni sentimentalismos que a través de 130 fotos permite atisbar un mundo en el umbral de una transformación salvaje.

La colaboración entre ambos fue siempre formidable. Doisneau cuenta que cuando Cendrars le escribió que con gusto escribiría el texto para La banlieue… se sentía tan emocionado como un niño. En correspondencia hay que decir que nadie –ni siquiera Helène Roger-Viollet– logró una fotografía de Cendrars tan fina y tan elocuente como Doisneau.

III

Robert Doisneau es un fotógrafo cuyas imágenes ayudan a explorar y desentrañar una ciudad. Retrató a muchas celebridades, sí –Picasso, el más notable y más juguetón de ellos–, pero su mejor personaje será siempre París. No sólo los edificios, o el entorno urbano que brilla a través de su lente, sino sus pobladores. La iglesia no radica en el templo, sino en sus fieles. Una ciudad no es un conglomerado de edificios, sino los ciudadanos que la habitan. Una cara es suficiente para mostrar a un pueblo. En tal tenor hay una estupenda imagen tomada por Doisneau en 1953: una muchacha de 20 o 22 años entra a tocar el acordeón en una pequeña brasserie llena de matarifes que acaban de salir del rastro para tomar su hora de descanso. Vienen de una matanza. Sus ropas y delantales están llenos de sangre. Ante la barra esperan un tarro de cerveza o una copa de vino y mientras tanto encuentran un poco de reposo en la conversación. Pero entra al establecimiento una muchacha hermosa con un acordeón para tocar un par de canciones y ganarse unas monedas, y los carniceros se comportan como los embelesados animales de la fábula. “No te imaginas cuánto te amo”, canta ella. Los señores del cuchillo vuelven a ser, por unos instantes, adolescentes enamorados, tiernas ovejas que vuelven los ojos a su pastora.

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IV

No es necesario estar especialmente interesados en la cultura francesa para admirar y disfrutar de las espléndidas fotografías de Doisneau. Hay en ellas mil cosas en las que nos hallamos reflejados.

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