André Kertész, un mago de las sombras

“Alguien comentó una vez que mis fotos parecían proceder más de los sueños que de la realidad”. Será casualidad, pero la primera imagen conocida del fotógrafo húngaro André Kertész es la premonitoria Joven adormecido, de 1912, un juego de diagonales en el que un chico acodado en la mesa de un bar da una cabezada con la cara reposando en su mano. Un homenaje a un emblema del fotoperiodismo del siglo XX, alguien que no ha tenido un reconocimiento a la altura de su obra y que influyó, entre otros, en su amigo Henri Cartier-Bresson (“inventemos lo que inventemos, Kertész siempre fue el pionero“, dijo el francés).

Por Manuel Morales para El País.

Joven adormecido, 1912.

Joven adormecido, 1912.

Nacido en 1894 en Budapest, Kertész empezó como agente de Bolsa, pero pronto se inclinó por la imagen y compró su primera cámara en 1912. Llamado a filas por la I Guerra Mundial, combate en el ejército austrohúngaro. Llena su morral de placas de vidrio para retratar a los soldados, “pero sin mostrar las desgracias”. Hay una mirada tierna, incluso cándida”, de los momentos distendidos. Una grave herida está a punto de paralizarle el brazo derecho y, un día, mientras está con otros convalecientes en el bordillo de una piscina remojando las piernas, observa el efecto de la luz en el agua y comienza a hacer fotos sin parar. De aquel experimento nacerá Nadador bajo el agua (1917), una de sus imágenes más conocidas.

El Kertész artista es el que se muestra en la sección París 1925-35: “Interpreto lo que siento, no lo que veo”, dirá. Kertész plasma sus experiencias con sencillez y sinceridad. En él, lo cotidiano se convierte en extraordinario. No se sabe por qué eligió París para darse a conocer, cuando el epicentro de las publicaciones ilustradas era Berlín. En la capital francesa deambula como un flâneur por el Sena, convive con la bohemia en Montparnasse, conoce a Mondrian, Chagall, Man Ray… y cuando fotografía, busca perspectivas desde puntos elevados y composiciones geométricas. Su primera exposición individual llega en 1927 y dos años después su obra cuelga en galerías de otros países.

Nadador bajo el agua, 1917.

Nadador bajo el agua, 1917.

El tenedor, 1928.

El tenedor, 1928.

En su estilo hay rasgos del “surrealismo, el dadaísmo, el constructivismo… pero no adoptó ninguno por completo”. “Es un fotógrafo de la calle, pero sin tanto compromiso social, que juega con la luz y trata las sombras como formas con entidad propia, no como la prolongación de los cuerpos u objetos”. Una subyugante demostración es El tenedor (1928), en la que ese objeto apoyado en un plato proyecta dos delicadas sombras.

Ya reputado, revistas francesas y alemanas le encargan ensayos fotográficos; se casa con su amor, Elisabeth Salamon, y retrata a sus amigos artistas: Vincent Korda, Colette, Eisenstein… A ello ayudará la compra de una Leica, una cámara que por su pequeño tamaño le da más soltura.

Sin embargo, el sueño se quiebra. El judío Kertész ve lo que se cierne y se marcha a EE UU con un contrato de la agencia Keystone. Pronto descubre que solo le quieren para aburridos trabajos de estudio, así que rompe el acuerdo en un año. Durante la II Guerra Mundial y a comienzos de la Guerra Fría sufre la exclusión de las grandes publicaciones por su origen húngaro, por lo que trabaja para revistas de moda y decoración, incluso sufrió una etapa de dificultades económicas. Las fotografías del apartado Nueva York 1936-1970 son las de un hombre que echa de menos a sus camaradas, añora París y se siente aislado por su pobre inglés. Retrata los grandes puentes, callejones, rascacielos y, con teleobjetivos desde la ventana de su apartamento en Washington Square, juega con las perspectivas de las azoteas.

Tras exponer en la Bienal de Venecia, el MoMA le dedica por fin una retrospectiva en 1964 que le ratifica como uno de los grandes maestros de la fotografía. Por todo el mundo le organizan homenajes, pero él, con modestia, declara que sigue viéndose como un aficionado: “Espero continuar así hasta el final de mis días”. Retirado, vive con su mujer hasta que ella fallece en 1977. Muy deprimido, su último trabajo será fijar con una Polaroid regalada los objetos cotidianos que le unían a Elisabeth. Un retrato en ausencia de su amada al que solo pondrá fin con su muerte en 1985, a los 91 años.

 

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